Hacia la segunda mitad del siglo XIX la fotografía comenzó a colaborar con la arqueología, produciendo imágenes que constituían pruebas gráficas de los hallazgos arqueológicos de lugares como Egipto y Oriente Medio. Junto a este papel descriptivo que la fotografía aportaba al campo científico, era inevitable la interpretación romántica ligada a unas deliberadas "puestas en escena," y al atractivo de un entorno desconocido para Occidente. De ahí que la difusión de estas imágenes no se ciñera sólo al ámbito académico, sino que además llegara al gran público a través de lo que podría denominarse "el primer turismo".