Tradicionalmente la entrada a un templo estaba restringida al rey y al sacerdocio profesional. El pueblo no podía entrar en el recinto ni adorar a su dios en el complejo levantado para este.
La figura del dios estaba en la capilla destinada a él, en el interior del templo donde reinaba la más absoluta oscuridad y en la cual solo tenía acceso el rey y el sumo sacerdote de turno.
La única forma de poder ver a la deidad era durante las procesiones, que tenían lugar con bastante frecuencia, donde la representación de su dios era llevado desde un templo a otro. Es algo muy parecido a las procesiones de semana Santa. Estas fechas eran días de fiesta donde formaban un papel importante en la sociedad. Aparte de ser un día de fiesta, que como no, escaseaban bastante.